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Cincuenta maneras
Hay un mito extendido en las sociedades occidentales actuales que dice que los esquimales, los pueblos nómadas que habitan las tierras heladas en Groenlandia y al norte de Canadá y Alaska, cuentan hasta cincuenta maneras de llamar a la nieve; incluso hay quien lo eleva a cien o doscientas. Otra versión es que cincuenta (o treinta o cuarenta, según las versiones) son los tonos del color blanco que son capaces de distinguir.
La realidad es otra, y como todos los mitos que construimos por simple desconocimiento o por aferrarnos a arquetipos, se asientan en una porción de verdad a la que se añaden capas de literatura. Lo cierto es que los esquimales (término en desuso en Canadá por su carácter peyorativo, ya que significa “los que comen carne cruda”) es un término que engloba a todos los pueblos inuit, los grupos humanos que pueblan el Ártico. Dentro de los inuit hay varias distinciones, tanto por la región concreta en la que viven como por la lengua en la que se comunican. Esto ya podría ser un motivo de que haya distintas palabras para referirse a lo mismo.
Pero tampoco es del todo así. La realidad de este mito tiene otra raíz. El lingüista y antropólogo alemán Franz Boas publicó en 1911 un libro en el que registraba las cuatro palabras que los inuit utilizaban para referirse a la nieve. Simplemente se distinguían por su estado, y significaban ‘nieve sobre el suelo’, ‘nieve cayendo’, ‘nieve a la deriva’ y ‘nieve arrastrada por el viento’. De la misma manera que cualquier lengua tiene varias formas de nombrar el agua según su estado. O las decenas de blancos que distinguimos en una tienda de telas o pinturas (puro, roto, marfil, tiza, crema, perla…).
Sin embargo, nadie habla de las mil formas de los latinos (entendidos como herederos de las lenguas romances) para referirse al agua o al color blanco. Y es que los mitos tienen sus propias formas de funcionar, y si son fáciles de recordar y reproducir, mayor alcance tienen.
Los mitos, entre la virtud y sus defectos
Ese poder de difusión y alcance, capaz de superar el tiempo y el espacio, las generaciones y las fronteras, es una virtud de los mitos que cualquier narrador quisiera para sí. Y más aún cuanto mayor es la complejidad de lo que quiere transmitir. Conseguir hacerlo accesible, que cale en los receptores, que se asiente, que perdure, y que se transmita por sí solo, pasando de boca en boca, de texto en texto, de cuento a sueño, sin límites conocidos, es una aspiración tan ambiciosa como complicada.
Cuando se trata sobre cuestiones científicas o sociales, como la que nos está sirviendo de ejemplo, el narrador tiene más limitaciones que cuando crea literatura. Debe preocuparse por el contenido, por el fondo y el significado de lo que transmite, y no solo por su alcance. Sabe que debe atenerse al rigor de la verdad y de lo demostrable. Debe hacerlo con responsabilidad, porque sabe que su mensaje puede ser utilizado por otros, como fuente, como inspiración o como simple réplica, y cada nodo en que se disperse una información no veraz es una semilla de confusión, que puede derivar de muchas formas, pocas de ellas constructivas. Y es porque sabe, y esto es más importante si cabe, que la transmisión geométrica de su mensaje, la deseada viralidad, puede convertirse en un arma difícil de controlar incluso para quien da el primer impulso.
Es realmente difícil combinar todos estos elementos: un buen relato basado en certezas, con un mensaje responsable, que sea capaz de concienciar y además de propagarse por sí mismo. Tan difícil que solo podemos afrontarla como una tarea compartida, como la que proponemos con BlablaLab.
Un laboratorio de datos, narrativas y tácticas por el clima
Cuanto mayor es la complejidad del problema, más necesaria es la innovación. Desde BlablaLab se va a afrontar el más complejo de los problemas a los que se enfrenta la humanidad, el cambio climático, y el reto que lo acompaña, la transición ecológica. Pero no lo va a hacer proponiendo soluciones a las múltiples cuestiones relacionadas con estos asuntos, sino que pone el foco en la comunicación.
BlablaLab quiere innovar. Experimentar, a partir de los datos, las evidencias científicas y los aprendizajes en comunicación climática, para proponer nuevos enfoques sobre contenidos, formatos y canales, con el objetivo de conseguir la mayor eficiencia y eficacia en la transmisión de los mensajes.
Y todo ello con un propósito tan necesario hoy día como es disminuir los niveles de polarización que se alcanzan cuando se tratan las cuestiones climáticas y sus derivadas políticas, económicas y sociales.
Por la enorme dificultad que conlleva, el camino debe ser compartido, y para ello hay que crear y cuidar espacios para fomentar una colaboración estrecha con los profesionales sobre comunicación climática, analizando datos, distinguiendo racionalmente lo que funciona y lo que no, cocreando soluciones, construyendo relatos, muchas narrativas diferentes para dar respuesta a multitud de visiones diferentes. Y es que sobre todo hay que entender que detrás de cada visión hay un problema, una forma de ver el mundo, una cultura, una situación social y vital que determina muchas de las respuestas y que no atiende solo a datos. Y para eso hay que saber escuchar.
Por tanto, BlablaLab no pretende vencer y convencer a otros, porque no compartimos esta visión de un mundo dividido. BlablaLab quiere comprender las motivaciones, las razones y las visiones de una sociedad tan variada como los tonos de blanco que podemos nombrar, como las mil maneras de llamar al agua en las lenguas descendientes del latín.
Y como la lengua, sabemos que las motivaciones y situaciones vitales evolucionan, y con ellas deben evolucionar nuestros mensajes y formatos. Nunca alcanzaremos la respuesta perfecta, sencillamente porque la pregunta irá variando para cada uno de nosotros con el paso del tiempo y los cambios en su situación personal.
Sabemos que la sociedad es diversa y que los conceptos unitarios como “ciudadanía” borran los matices hasta convertirla en un ente amorfo, insensible. Por eso la segmentación es una herramienta clave para trabajar en las narrativas sobre el clima.
Mil maneras
Empezamos con cincuenta maneras de llamar a la nieve, pero llegamos aquí conscientes de que tenemos que ser capaces de generar mil formas distintas de contar que la playa en la que te bañabas de pequeño tiene hoy muchos menos metros de arena; o que el río del pueblo apenas tiene peces; o que tu vecino ha perdido su empleo agrario por causas que nada tienen que ver con su esfuerzo como trabajador.
Tenemos que contar el mundo tal y como es, con los datos que lo definen. Y gracias a ellos proponer herramientas para que se transmita con claridad el mensaje de que todos y cada uno de nosotros se la juega en este envite. No es una cuestión de salvar el planeta. Se trata de salvar nuestro día a día.
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Crédito de la imágen: Irina Vodneva