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Seis vectores y seis conversaciones sobre bibliotecas hexagonales en Iberoamérica

Cuando el Gobierno de España abrió el último proceso de regularización de personas migrantes, muchas necesitaban acreditar desde cuándo llevaban en el país. Y resultó que el documento más antiguo que tenían encima, con fecha y con nombre, era el carnet de la biblioteca pública. Porque es gratis, porque no depende de burocracia infinita y porque hay wifi.

Nadie diseñó ese servicio: emergió porque la biblioteca estaba abierta y no hacía preguntas innecesarias.

En la otra punta del mapa, María del Carmen llegó en 2024 a la biblioteca Manuela Sáenz, dentro de una casa patrimonial de Cuenca, Ecuador, y se encontró con un problema más elemental: no había personas usuarias. Ni una.

Entonces se fue a la escuela y habló con las madres. Fue a hospitales y pidió entrar a Pediatría los viernes. Fue a la facultad de salud de la Universidad de Cuenca y reclutó facilitadores a cambio de un certificado de prácticas.

Dos años después tiene talleres de lectura con niños del barrio, adultos mayores que conversan sobre lo leído la semana anterior y un proyecto en marcha con la asociación de personas no videntes. Sus fondos, dice, son poquísimos, pero tiene consigo los libros y la biblioteca de Cuenca.

Las dos historias apuntan a lo mismo desde lados opuestos. Una biblioteca sostiene un derecho sin habérselo propuesto; otra se inventa su comunidad entera saliendo a buscarla puerta por puerta. En ninguno de los dos casos hay encargo, presupuesto ni reconocimiento previo.

Ese fue el hilo que atravesó los seis conversatorios que hicimos dentro del curso de Bibliotecas Hexagonales -edición iberoamericana-. Los organizamos alrededor de los seis vectores del Modelo HIP: /abrir, /mezclar, /agilizar, /prototipar, /colaborar, /multiplicar. Con invitados de Colombia, Chile, España, México, Argentina y Brasil; participación de bibliotecas y bibliotecarios de 15 países; 110 inscripciones promedio por actividad y más de 200 personas en el programa completo.

La última plaza pública: bibliotecas para conversar en tiempos de polarización

  • Conversación con Alexander Zambrano , líder de Gestión del conocimiento e innovación pública de la Red Distrital de Bibliotecas Públicas de Bogotá, BibloRed (Colombia), y Clara Flamerique , Servicio de Bibliotecas de Navarra (España).

Hay una tesis incómoda en este conversatorio: la puerta de la biblioteca se hace cada vez más pequeña justo cuando más grandes se hacen las pantallas.

Clara lo formuló con un ejemplo: un chico de quince años que viene de Senegal se planta frente a la puerta de una biblioteca navarra y decide que eso no le dice nada. La biblioteca está abierta. Sobre el papel, está abierta a todo el mundo. Y sin embargo hay barreras invisibles: falta de lectura fácil, falta de significación, falta de una razón para entrar. Su conclusión es que no basta con dotarse de documentos en árabe o en chino; hay que hacer sentir a esas personas que forman parte de la comunidad donde está la biblioteca.

Con que la biblioteca exista no basta. El servicio bibliotecario no se agota abriendo la persiana de lunes a sábado, igual que la democracia no se agota poniendo urnas. La biblioteca tiene sentido cuando el público está dentro, no cuando la puerta está teóricamente abierta para todos.

Alexander llegó con datos que ordenaron el problema. Bogotá tiene más de nueve millones de lectantes y 28 bibliotecas públicas. Esa escasez los convirtió, dice, en expertos en generar espacios pequeños: 150 puntos de lectura en parques y estaciones de Transmilenio. Pero el dato realmente revelador es otro: han identificado más de 200 bibliotecas comunitarias creadas por vecinos en zonas marginadas, allí donde el Estado no llega. En la ruralidad de Ciudad Bolívar hay una que trabaja con niños para desmontar el relato que la ciudad ha construido sobre ellos (criminales, sin oportunidades, sin futuro posible) y lo hace desde la cultura escrita.

La respuesta institucional no fue competir con ellas ni absorberlas. Fue hablar de par a par. De ahí salió la LibroCopa: un torneo de fútbol entre barrios donde los equipos, además de jugar, cumplen retos de escritura y visitan bibliotecas públicas y comunitarias. Gana el que suma en las dos cosas. 

Hay un vocabulario nuevo circulando aquí. Alexander cita a Arturo Escobar y su idea de disoñar: no viene un solo futuro, vienen muchos, y podemos construirlos. Frente a la utopía inalcanzable y la distopía paralizante, protopías: futuros posibles, asibles, que se construyen entre varios.

Y hay una autocrítica que el vector /abrir   obliga a hacerse. Cuando bautizamos este vector veníamos del paradigma del gobierno abierto, los datos abiertos, el código abierto. Quince o veinte años después, aquellas narrativas tecnoutópicas se han estrellado: un puñado de empresas organiza el debate público con sus propias reglas, y no solo impide la conversación razonable sino que es capaz de pervertirla. Que la apertura siga siendo el proyecto de las bibliotecas cuando el resto del ecosistema digital la ha abandonado dice bastante sobre quién está sosteniendo hoy la infraestructura democrática.

Frente a ese reto, Clara cerró con una propuesta: practicar la amabilidad y trabajarse la escucha, sobre todo con niños y jóvenes, ante quienes solemos ponernos con más prejuicios que ante nadie. Si hacemos eso, dijo, la puerta se va a caer.

Donde se cruzan los saberes: bibliotecas para pensar fuera de los silos

  • Conversación con Yolanda Puchades , documentalista en Valencia Capital de la Innovación y co-impulsora de Bibliotecas Hexagonales/HIP, e Iván Triana, Biblioteca de la Creatividad (Colombia).

Yolanda es bibliotecaria de profesión y no trabaja en una biblioteca, confesó al inicio del conversatorio. Fue presidenta del Col·legi de Bibliotecaris i Documentalistes de la Comunitat Valenciana, y desde ahí impulsó el grupo de trabajo que adaptó el Hexágono de Innovación Pública a las bibliotecas. Aquello se les fue de las manos por bueno: lo recogió el Ministerio de Cultura de España dentro de los laboratorios bibliotecarios y desde ahí hasta esta edición iberoamericana. 

También cuenta la parte triste. En Las Naves, el centro de innovación del Ayuntamiento de Valencia, creó una biblioteca especializada en diseño. Un gerente se la cerró porque la sala era demasiado bonita y quedaba mejor como salón de actos. Vale la pena detenerse ahí un segundo: la biblioteca perdió el espacio no por inútil, sino por bella. Es un buen resumen de cómo se sigue entendiendo el valor de lo bibliotecario en muchas instituciones.

Por su parte, Iván trajo desde la ruralidad al sur de Bogotá el caso más rotundo de la serie. La Biblioteca de la Creatividad es comunitaria, independiente (sin filiación política, sin dependencia estatal, sin patrocinio privado) y nació de lo que él llama una acción ciudadana: la decisión de no ser indiferente. No hablan de comunidades vulnerables ni pobres, sino de comunidades emergentes , para que las soluciones se busquen desde dentro.

Su punto de inflexión fue entender que la innovación no estaba dentro de la biblioteca sino fuera, en las relaciones con la comunidad. Y que esperar detrás del escritorio a que la gente llegara no iba a revelarles nada. La pregunta que se hizo no fue cuántos niños vienen al taller o cuántos libros se prestan (eso sirve para mostrar gestión), sino dónde transformamos vidas.

Tras el estallido social pospandemia, y con un discurso público que trataba a los jóvenes de Ciudad Bolívar como vándalos, los muchachos se apropiaron de un relato de desesperanza que el algoritmo de TikTok les confirmaba sin descanso. Bajaron los brazos a sus sueños muy temprano. Dos de cada tres estudiantes de bachillerato en riesgo de desertar. Los círculos de pobreza se perpetúan también por narrativa.

Aquí hay una lección que va más allá de las bibliotecas: llevaron internet satelital y dispositivos a la ruralidad, generaron impacto real. Y descubrió que toda solución técnica aplicada a un problema que no es técnico genera su propio problema. Con acompañamiento y retos académicos, la tecnología funcionaba. En vacaciones, sin control ni criterio, apareció el sedentarismo, la desinformación y el pensamiento crítico atrofiado. Cerrar la brecha de acceso no es lo mismo que cerrar la brecha de uso.

Por su parte, Yolanda añadió tres casos valencianos que son puros ejemplos del vector /mezclar: la biblioteca del Museu Valencià d’Etnologia conectando saberes de cultura popular con toda la red pública; la biblioteca de Massamagrell y su instituto poniendo a jóvenes a enseñar aplicaciones móviles a personas mayores; y la biblioteca del Museo de Villena grabando en vídeo la memoria oral del pueblo, incluida una historia sobre una relación homosexual que llevaba décadas silenciada y que ahora vuelve a formar parte de la cultura local.

Su recomendación final contradice amablemente todo el aparato metodológico: aunque te guste el vector /mezclar, empieza por /prototipar pequeñas acciones. Porque la biblioteca del futuro no será la que más libros tenga, sino la que más valor social pueda proporcionar a su comunidad.

Aún así, seguimos midiendo préstamos porque es lo que se pide, y no medimos lo que de verdad importa. Sin indicadores de valor social, la biblioteca seguirá defendiéndose con las métricas equivocadas.

Ventanillas cálidas: bibliotecas que acompañan la vida cotidiana

  • Conversación con Marta Cano , gerente de Bibliotecas de la Diputación de Barcelona (España), y Natalia Espejo , Sistema Bibliotecario de Medellín (Colombia).

La Diputación de Barcelona coordina 236 bibliotecas y 10 bibliobuses, pero no son suyas: son de los municipios. Cubre casi al 98% de la población de la provincia. Marta cuenta que una vez alcanzada esa cifra tuvieron que inventarse un objetivo nuevo. Lo llaman cobertura vital: ya no basta con que tengas bibliotecas vivas donde vivas, sino que la tengas estés en el momento vital que estés. Si no puedes ir a la biblioteca, la biblioteca va a ti. De ahí los programas de lectura por teléfono contra la soledad no deseada, o el trabajo con centros penitenciarios de menores.

Medellín funciona al revés: 27 unidades dependen directamente de la subsecretaría, unas 300 personas trabajando en el sistema. Natalia lleva 16 años dentro y lo resume así: «Tenemos infraestructuras, pero no somos la infraestructura. Somos agentes de desarrollo local y cultural».

Eso tiene consecuencias operativas concretas. Si una biblioteca detecta una situación de riesgo con un menor, tiene la obligación de activar rutas de atención: conocerlas, verificarlas, acompañar al ciudadano y mediar con la institución que las cumple. No solo llamar a la policía, también darle contexto territorial. Es trabajo de mediación entre ciudadanía e institucionalidad, y no aparece en ningún catálogo de servicios.

Eso es /agilizar en su sentido más literal: no hacer las cosas más rápido, sino quitar de en medio lo que impide que una persona llegue a donde necesita llegar.

Sobre qué hace única a la biblioteca, Marta desplaza la pregunta. No se trata de tener un servicio exclusivo, sino de una condición: un espacio público donde entras gratis, sin explicaciones, sin que nadie te venda nada, y donde te encuentras con el diferente. Los espacios comunes que tenemos son con los que se nos parecen (los de tu barrio, tu trabajo, tu religión). Un espacio común de todos: la biblioteca.

Y luego está el reto que Barcelona no ha resuelto en décadas de mejora del servicio: el perfil medio de usuaria sigue siendo el mismo. Mujer con estudios y situación económica ligeramente por encima de la mediana. Todo el crecimiento se ha producido dentro del mismo perfil. Su diagnóstico: hay que aliarse con las comunidades donde está la gente que no viene, y tener una oferta que la seduzca. Las bibliotecas, dijo, tenemos que ser menos serias y más sexys.

Un ejemplo de eso es la Bossa Vermella, lanzada en dos bibliobuses. Un kit para niñas que están a punto de tener o acaban de tener su primera menstruación: compresa de tela, compresa de un solo uso, tampón, copa menstrual, braguita menstrual, dosier para el profesorado y libros. Se reparte por los colegios, se lo llevan a casa, se puede tocar y comparar. El objetivo no es sanitario sino conversacional: que se hable del tema en la escuela y en la familia, en municipios que a veces tienen menos de 200 habitantes y ni centro de salud. Ante la petición de los chicos crearon después la bolsa verde.

Además, Marta añade un dato que sitúa el proyecto en su terreno real: han recibido ataques frontales en redes sociales por tener determinados libros. Mientras a los chavales les llega por el móvil el mensaje de que eso es perversión, la biblioteca ejerce de espacio donde alguien dice que lo que les pasa es normal.

Natalia cerró con Tania, una gallina de peluche. Es un títere de una biblioteca en un corregimiento rural rodeado de potreros. Tania busca los libros que no han devuelto, acompaña los recorridos de registro de usuarios, recibe en la entrada. Los niños se acercan y la tocan: primer puente de calidez. Para Natalia el gesto es un guiño estético y semántico que dice algo simple: esta biblioteca sabe dónde está. En un sistema que tiene cuatro maker spaces, donde la gente aprende domótica, robótica, electrónica y programación, defender la calidad de lo cotidiano es una postura, no una limitación.

Finalmente, Marta resumió el conversatorio en tres palabras: escuchar, hacerlo fácil, comprometerse con el entorno. 

No lo expliques, pruébalo: bibliotecas laboratorio para futuros posibles

  • Conversación con Diego Gracia, experto en laboratorios bibliotecarios; David Gómez Abad, coordinador en Laboratorio Cultural Ciudadano de Nuevo León, LABNL (México); y Mariana Cancela, experta en laboratorios de innovación y participación.

El argumento fundacional de los laboratorios bibliotecarios lo sintetizó Diego: el conocimiento no solo está en los libros ni en internet, también está en las personas. Y ahí aparece una figura que merece más recorrido del que tiene: el diletante, la persona que por puro gusto se ha hecho experta en algo sin acreditación ninguna. Ese conocimiento existe y se activa poniéndolo en común.

La metodología es simple y por eso funciona. Doble convocatoria: primero de proyectos, que actúa como dispositivo de escucha para saber qué le interesa y le duele a quien vive cerca de la biblioteca; después de colaboradores, para generar inteligencia colectiva alrededor de esas ideas. Cuanto más heterogéneo el grupo, mejor.

Los ejemplos desarmaron cualquier objeción sobre recursos. Nájera, un pueblo de La Rioja, biblioteca unipersonal. La bibliotecaria montó ella sola las alianzas y lanzó la convocatoria. Se presentaron cuatro proyectos. Uno de ellos recuperó la memoria colectiva de la industria del mueble, que fue el sostén del pueblo antes de la deslocalización. Los vecinos reunieron tanto material y tanto interés que el ayuntamiento se comprometió a crear el Museo del Mueble. Coste inicial: cero.

En el CDAMAZ de Zaragoza, la biblioteca verde, el diagnóstico previo fue: no tenemos tiempo, no tenemos presupuesto, nuestros jefes no nos apoyan. Sí teníamos motivación, experiencia en facilitación y conexión con el barrio. Se lanzaron igual. De los cinco proyectos de acción climática, tres siguen funcionando dos años y medio después: el de ecoansiedad organiza un ciclo de cine en la biblioteca, el de comunicación ambiental montó una exposición fotográfica. Van por la segunda edición.

David trajo desde Valle de Bravo el prototipo que mejor funciona como metáfora. Un grupo de documentalistas grababa con comunidades aisladas y nunca conseguía devolverles el resultado: no había forma de proyectar allí. La solución fue una bicicleta estática que genera la electricidad necesaria para un proyector, montada en una caravana. Para que la innovación llegue, alguien tiene que pedalear.

En LABNL han desarrollado además un formato llamado copia, pega y replica : tomar recetas y documentación de prototipos hechos en otros laboratorios y rehacerlos adaptados al contexto de Nuevo León, y compartir los propios para que otros los repliquen. Vinculación a través del hacer, no del discurso.

Aquí está el nudo del vector /prototipar. Hemos convertido el texto (el libro, el paper, el informe, el memorándum, el correo electrónico) en el único instrumento legítimo de producción de conocimiento. Y con eso perdimos el dibujo, la maqueta, el role playing, la plastilina. Los niños lo hacen de forma intuitiva y la escuela secundaria y la universidad se encargan de quitárselo. Un texto complejo genera coste cognitivo y desacople temporal; una maqueta la entiende cualquiera en un minuto. Pensar con las manos no es una regresión: es una tecnología de conversación.

Y precisamente, como parte de la conversación del encuentro, Arantxa, de la Biblioteca Ramón J. Sender de Huesca, se declaró subversiva y añadió una obligación al listado: la biblioteca es garante de derechos. Guardiana del pensar en formato libro, pero también obligada a custodiar saberes, fomentar la escucha activa y el pensamiento crítico, y garantizar la igualdad en el acceso. Todo eso, dijo, empieza en una conversación entre dos personas donde lo que el otro dice puede no gustarte y aun así hacerte crecer.

Por su parte, Diego abogó por el derecho a entender. Derecho a entender un documento oficial, una factura, un procedimiento administrativo. Súmalo al derecho a innovar, a cocrear, a participar. Las bibliotecas, desde un lugar discreto y sin presupuesto, están adelantando por la izquierda a instituciones que no saben reaccionar a la velocidad que exige el momento. Y por eso, como bien dijo Mariana inspirada en un proyecto de laboratorio en archivos: no hay que ir por encima de nuestras posibilidades, pero tampoco por debajo.

La epidemia invisible: bibliotecas contra la soledad no deseada

  • Conversación con Miguel Rivera Donoso , coordinador del Plan de Bibliotecas en cárceles, Servicio Nacional de Patrimonio Cultural de Chile y creador del Proyecto LEEN, y Andrés Delgado , Biblioteca Pública Comfenalco Castilla (Colombia).

Miguel coordina 80 bibliotecas en cárceles de todo Chile y lleva catorce años entrando cada semana. Lo primero que explicó es que dentro hay que guardarse el 90% de lo que uno es, porque está en juego la supervivencia. En un lugar de hacinamiento y contacto forzoso, prácticamente no se puede hablar. El 90% de las conversaciones cotidianas, según sus propios usuarios, giran en torno a estrategias de robo, historiales y jerarquías.

En los talleres los obligan, con textos como activadores, a hablar de otra cosa: del cuerpo, de cómo los tatuajes y las cicatrices cuentan una historia, de la comida y la migración, de los recuerdos de la infancia, de los sueños. Cuando termina el taller y hacen la retroalimentación, el 95% dice lo mismo: lo mejor fue poder hablar de cosas de las que aquí no se puede hablar, y ver que el otro también es capaz de hacerlo. En la última sesión leen sus propios textos y muchos lloran.

Y aquí Miguel dijo algo que un gestor cultural no suele permitirse: la biblioteca transforma lectores, muchos, pero él no puede asegurar que la lectura, por sí sola, apunte contra el aislamiento. Un niño podría decir perfectamente que su tío, el que más lee, es el más solo. Lo crucial en ese contexto no es el libro. Es el vínculo. Es un desplazamiento honesto.

Ahí está el fondo del vector /colaborar: la biblioteca no vale por lo que presta, sino por lo que consigue que ocurra entre las personas que la habitan.

Andrés lo confirma desde otro lugar. En la Biblioteca Comfenalco Castilla, en un barrio popular del norte de Medellín, existe un costurero. Parece una manualidad. Es un dispositivo de salud mental. Se reúnen a practicar puntadas y una empieza a contar su problema con el marido, otra con su familia. Doña Victoria le explicó que tenía un dolor de espalda que ningún medicamento le quitaba, hasta que empezó a venir. Estaba tensionada por la carga de cuidados en casa. Dejó las pastillas. Ahora pregunta cuándo montan la bailoteca.

Ninguno de los dos es terapeuta y los dos lo repiten. Son amantes de la literatura y la cultura que se encuentran gestionando llantos y situaciones complejas porque no hay nadie más ahí.

Andrés desmonta también la frase de que a los jóvenes no les gusta leer. Sí les gusta. Lo que no funciona es ponerles el Lazarillo o el Quijote. En su biblioteca hay un club de cultura digital y videojuegos, y a a través del videojuego se llega a la narrativa, la creación de personajes, el trabajo en equipo, el liderazgo, la empatía. El videojuego es la excusa. También un taller de podcast en el que graban los sonidos de las calles y las tiendas del barrio.

La conversación derivó hacia una analogía que conviene sostener aunque incomode. Si la biblioteca dentro de la cárcel es el lugar donde uno puede bajar la impostura y hablar con voz propia, ¿qué dice eso del mundo de fuera? Entre el panóptico de las redes y la obligación de interpretar un personaje ante el escrutinio ajeno, los espacios donde no hay que aparentar se han ido reduciendo. La biblioteca es uno de los últimos que quedan.

Andrés añadió el argumento económico: es el único sitio donde no hay que consumir. La gente entra y pregunta cuánto vale la obra de títeres. No vale nada, y es una compañía profesional, no un grupo amateur. En un barrio de estratos bajos, un salón con aire acondicionado donde puedes reunirte gratis es un bien escaso.

Daniel, desde Bogotá, aportó el marco teórico que faltaba: el tercer lugar. Primero el hogar, segundo el trabajo, tercero el espacio donde se desarrolla el sentido de comunidad. Las bibliotecas como el reverso exacto de los no lugares de Marc Augé (aeropuertos, gasolineras, centros comerciales, diseñados para que no pase nada entre las personas). Habló de pequeños milagros cotidianos: una profesora de física jubilada jugando a un juego de mesa de superhéroes, un grupo de huerta donde el más pequeño tiene siete años y lo lidera una señora de más de setenta…

Bulos, algoritmos y derechos digitales: la biblioteca como defensa civil del siglo XXI

  • Conversación con Alicia Rey , directora de Info-doc (España); Fernando Gabriel Gutiérrez , bibliotecario y experto en alfabetización mediática (Argentina); y Daniela Camacho , Bibliotecas de Bogotá (Colombia).

Alicia puso el listón donde había que ponerlo: lo que está en riesgo es la democracia. Cuando la ciudadanía toma decisiones influidas por algoritmos e información sesgada, lo que se erosiona es la convivencia.

Pero, acto seguido, hizo la advertencia que este conversatorio necesitaba. Podemos decir que la biblioteca es garantía de derechos digitales, todo lo que queremos, pero la biblioteca no es un ente que garantiza nada por sí mismo. La biblioteca son los bibliotecarios y las bibliotecarias que están trabajando. Sin formación y sin compromiso, no somos garantes de nada. Hay partidos políticos a los que no les interesa combatir la desinformación, porque han llegado arriba precisamente con ella.

El dato de contexto también importa. En España, abordar la desinformación desde la biblioteca pública es reciente: el congreso nacional de bibliotecas públicas de noviembre de 2025 fue el primero que puso el asunto en su lema. En su red de Huesca, con ocho personas en total, la única vía posible fue la alianza: se sumaron al proyecto Level Up de la Fundación Maldita.es, financiado por la Unión Europea junto a Bulgaria y Chequia, con cinco módulos abiertos (información general, ciencia y clima y salud, estafas y seguridad en línea, teorías conspirativas e inteligencia artificial). Formaron a personas de 60 años o más, el grupo que más bulos consume y en más fraudes cae, sobre todo por móvil. Lo que más valoraron los participantes fue lo más elemental: aprender a verificar algo que les llega por WhatsApp. Comparten información que nadie ha verificado sin ser conscientes de que la están reenviando.

Fernando, desde Argentina, empujó la conversación un paso más allá de la verificación. El problema no es solo si un contenido es cierto: es desde dónde construye sus relatos el modelo que lo genera. Si usas ChatGPT, importa que OpenAI sea una empresa estadounidense cuyos modelos se entrenaron mayoritariamente en inglés y con materiales del norte global. Con Gemini pasa lo mismo, con Google, con Claude… Con los modelos chinos otros sesgos distintos. Formarse solo en el uso instrumental es quedarse en la superficie.

Su observatorio de IA y bibliotecas en América Latina detectó tres barreras: falta de recursos financieros, resistencia al cambio entre profesionales, e insuficiencia de habilidades especializadas. Y un cuarto problema estructural: las políticas de Estado no acompañan, así que la adopción queda en iniciativas individuales. El mayor déficit está en las bibliotecas escolares, justo donde más urge (esa misma semana, en Argentina, se destapó un caso de estudiantes que fabricaban y vendían imágenes desnudas de compañeras generadas con IA).

Daniela aportó desde Bogotá la parte constructiva. La Biblioteca Digital de esa ciudad arrancó en 2019 con más de tres millones de contenidos, y su decisión más interesante fue no crecer sin límite. En lo digital es fácil pensar que hay que llegar al infinito; ellos apostaron por la curaduría, por garantizar pertinencia, actualización y calidad. Es un modelo agregador que no se limita a repositorios universitarios: visibiliza saberes comunitarios, organizaciones cuyos equipos no siempre son bibliotecarios y no tienen medios para gestionar lo que saben.

En las zonas rurales de Bogotá, donde faltan conexión y pantallas, diseño en juegos digitales analógicos: uno de ellos ayuda a personas mayores a reconocer los iconos básicos de una interfaz. Alfabetización elemental, sí, y muy eficaz para perder el miedo.

Daniela también contó que ella misma ha compartido vídeos generados con IA creyéndolos reales. Si le pasa a quien tiene formación específica y trabaja en esto, el problema no es de edad ni de nivel educativo. Su conclusión estratégica: el énfasis no debe estar solo en consumir mejor, sino en crear. No vamos a poder procesar todo lo que se produce, y pretenderlo tiene un costo en salud mental.

Fernando cerró con una propuesta que resume el vector /multiplicar: lo que necesitamos no es una biblioteca más tecnológica, sino una biblioteca más legible. Una que pueda explicar cómo funciona lo que ofrece y a qué se enfrenta la ciudadanía, incluidas sus propias herramientas. Y una biblioteca sostenible: sin presupuesto tendremos bibliotecas heroicas, agotadas e irrelevantes, sostenidas únicamente por la voluntad de quien las tiene delante.

Siguientes pasos

La pregunta no es si las bibliotecas pueden asumir estos roles. Ya los asumieron. La pregunta es cuánto tiempo más van a hacerlo sin que nadie los reconozca como lo que son: infraestructura pública crítica. Los cinco proyectos que salen del curso hacia la aceleradora en septiembre van a trabajar exactamente sobre esa frontera.

El portfolio de sigue innovaciones abierto en iberbibliotecas.hexagonalinnova.net. Si tu biblioteca está resolviendo algo que no aparece en ningún catálogo de servicios, ese es el sitio donde debería estar documentado. Queremos visibilizarlo, aprender y generar comunidad en torno a la experiencia.

 

 

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